En la visita al museo, al entrar en la galería de pintura, hay seis grandes lienzos del siglo XVII del admirable pintor... leer más [+]

 

        Con chimenea de leña, fogón y utensilios de cocina, la Sala del Museo reúne sobriedad y, al mismo tiempo, carácter familiar. Los velones, los candeleros de hierro forjado, las lámparas de los ángulos del techo son obra de Julio Pascual.

 

        Preside la sala una terracota de Cristo Crucificado de Juan de Juni. En el centro hay una gran mesa de madera de ukola, de una sola pieza.

 

        A ambos lados de la puerta de entrada, tallados en madera policromada del siglo XVI, están los escudos de las familias de Don Luis y Doña Magdalena.

 

        En la pared lateral frontera a las ventanas hay un tapiz antiguo con los blasones de los Quijada y Ulloa; y a su lado los retratos de los fundadores, de gran valor histórico y artístico.

 

        Además de estos retratos destacan cuadros muy notables: una pintura en cobre de la escuela de Rubens, dos grandes copias de El Greco y un Descendimiento de la Cruz, anónimo. Se completa la decoración de la Sala con muebles antiguos, braseros, sillones de asiento y respaldo de cuero y otros objetos.

Sala del Museo - (Galería)

Bandera de Lepanto - (Galería)

        Enviados algunos de ellos por el mismo Don Juan de Austria a Doña Magdalena de Ulloa después de la victoria en Lepanto, "en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros" (Cervantes, Prólogo de la segunda parte del Quijote).

 

        En una hornacina está el Cristo de Lepanto, llamado por los historiadores Cristo de los Moriscos y, también, Cristo de las Batallas por llevarle Juan de Austria en todas sus empresas guerreras. A su lado se halla el Lignum Crucis que San Pío V le regaló antes de la batalla.

 

        También pueden contemplarse los restos de una bandera turca, trofeo de la galera turca de Alí Pachá que Don Juan de Austria mandó llevar a Villagarcía así como otros recuerdos de gran valor.

        Junto a los recuerdos de la Batalla de Lepanto, de gran valor religioso, histórico y artístico, están las vetustas prensas de la imprenta que difundió por España, Portugal, América y Filipinas la cultura del mundo clásico con sus textos de grandes autores latinos y griegos. En ella, el P. Isla imprimiría también, su célebre historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes.

Prensa de imprenta - (Galería)

        En la Sacristía de Capellanes, hoy museo, se encuentra el facistol con los cantorales de pergamino del coro de los capellanes de la Colegiata y parte de la sillería del mismo. Enfrente hay una estatua de la Virgen del Patrocinio de Luis Salvador Carmona del siglo XVIII. Asímismo, en decorativas vitrinas, al igual que en la sacristía de la Colegiata, se muestra una gran variedad de ornamentos sacerdotales de los siglos XVI, XVII y XVIII.

 

        En el piso superior hay también gran variedad de ornamentos. Además, destaca un altar barroco con las estatuas de los santos de la compañía de Tomás de Sierra y, en frente, el altar de la Virgen de Guadalupe de Juan Dualde.

 

        Al fondo, una puerta, nos señala el cuarto del Padre Isla.

Cantorales del coro - (Galería)

Libros en pergamino - (Galería)

        En el piso superior del museo se ha reconstruido el aposento del P. Isla. En el escribiría, entre otros, Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, libro de éxito editorial, aplaudido en principio, y prohibido y condenado por La Santa Inquisición, más tarde.

 

        En el cuarto destacan los grandes estantes de libros en pergamino, dada su gran afición a la lectura y a la investigación. Contrastando con esta inquietud científica, pueden verse un gato, una ardilla, un tordo… como testigos de su gran afición a la naturaleza.

 

        Sobre su mesa de trabajo, se ven papeles manuscritos de sus obras, tintero, polvos de salvadera, campanilla y reloj de arena. También, junto al brasero, un sillón, llamado del P. Isla, conocido con el nombre de faldistorio. La cama, su escopeta de caza, su zurrón, cartuchera y estribos, su bastón, la chocolatera que le servía para obsequiar al médico cada vez que se encontraba enfermo y un retrato suyo que, según dice el mismo Isla, “lo mejor que tiene es no parecerse en nada a mí”, completan la decoración del cuarto.