En el siglo XVI, en pleno auge de la Contrarreforma, alentada por el Concilio de Trento, la devoción y el culto a las reliquias de los santos fue una de las expresiones más claras de la oposición ideológica contra ciertas teorías protestantes.

 

Capilla del Relicario - (Galería)

        Doña Magdalena de Ulloa, como Felipe II, sentía una devoción especial hacia las sagradas reliquias. Para adquirir muchas de ellas se valió del favor de que gozaba en Roma Don Juan de Austria, después de la Batalla de Lepanto, con Pio V y su sucesor Gregorio XIII. También los Generales de la Compañía de Jesús Everardo Mercuriano y Claudio Acquaviva en agradecimiento a su bienhechora, enviaron reliquias a Villagarcía.

 

        Alcanzó y juntó tantas que le pareció conveniente dedicarlas la primera capilla de la iglesia, al entrar por la puerta, a mano derecha. Años después Dª Inés de Salazar y Mendoza, casada con Dº Juan Quijada Ocampo, sucesor en el mayorazgo y señorío de Villagarcía le dará la estructura actual: “Colocar las reliquias, poniéndolas en cuerpos de esculturas y relicarios muy buenos”. En la entrada principal, labrado en piedra, figura el escudo de armas de los Salazar y Mendoza.

 

        Es esta capilla de las Reliquias una iglesia en miniatura, con todos sus pormenores: bóveda de medio cañón, con su corillo, dividida por una reja de hierro y coronada por una pequeña cúpula.

 

        El artífice principal de esta capilla es Tomás de Sierra y a su gubia se debe la mayoría de las estatuas que hay en ella.

 

        Hay en la Colegiata de Villagarcía cincuenta estatuas de Sierra, entre pequeñas y grandes; además de los grupos escultóricos. Las estatuas pequeñas son 42 y el pequeño tamaño de estas figuras ha favorecido sin duda al encanto con que están labradas formando uno de los conjuntos capitales de la escultura española. Tomás de Sierra ha sabido conjugar la suavidad de líneas de Juan de Juni con los trazos vigorosos de Gregorio Fernández, su maestro.